¿Quién soy yo- o cualquiera- para decir lo que constituye, si es que existe, la naturaleza humana?
Por supuesto, absolutamente nadie. Un pelagato más. Pero este pelagato, como sin duda muchos otros, ha descubierto lo que parece una regularidad en el trato humano. La mariconá. He escuchado de traiciones menores, de mentirillas livianas, de omisiones convenientes. Pero también he escuchado traiciones que me cuesta concebir como posibles. ¿He traicionado a personas de manera que a ellas les costó concebir como posible? Probablemente.
A nadie le gusta ser traicionado. Duele el orgullo, primero y principalmente. Duele la confianza depositada. Duele el tiempo perdido. Duele que te hayan hecho weón. Duele que te hayan hecho weón. Duele que te hayan hecho weón. Por dios que duele. Si uno ha traicionado antes, alcanza cierta perspectiva: "me hicieron esto, pero yo hice esto otro antes". El ego no sufre tanto. Pero si has sido un ángel (o tenías toda la intención) te sientes traicionado hasta las masas, "y por qué a mí".
Postulo que lo que sucede en las relaciones humanas no es diferente de lo que constituyó la denominada Paz Armada: El otro puede traicionarte, probablemente ya lo hizo, ¡pero qué digo! este weón me está viendo la cara hace rato. Así que realizaré un par de traiciones a discreción, para que no me pillen desprevenido. También mantengo a buen recaudo la información importante; cuales son los puntos débiles del otro, por donde puedo atacar en caso de ser necesario.
Demás está decir que esto pasa más con las parejas que con nadie. O soy un amargado. Aunque también entre amigos, entre hermanos, entre colegas de trabajo. Es transversal y se da en todos los sentidos.
¿Y cual es el resultado de esta carrera de armamento emocional? Que estás tan saltón que cuando alguien -de milagro- te quiere entregar algo bueno, noble y puro, lo echas a perder con tus estratagemas y previsiones castrense-emocionales. Y porque no te hagan weón, terminas siendo weón igual. Un weón pillo, nadie te lo niega, pero un weón solo.